Erzebeth procede nada menos que de la influyente y poderosa familia Bathory, magnates polacos que en 1575 se alzan hasta el trono de Polonia con el rey Esteban I Bathory (1533-1586), emparentado con la dinastía real polaca de los Jagellon gracias a su matrimonio con la princesa Ana de Polonia en 1576, siendo nada menos que cuñado del rey Juan III de Suecia y del Elector Joaquín II de Brandenburgo.
castillo de Csejthe se oían gritos desgarradores y llamadas de socorro, el párroco empezó a preocuparse por la suerte de sus muchachas. Tras investigar por su cuenta al infiltrarse en el castillo de Csejthe, descubrió horrorizado montones de huesos acinados en los subterráneos del castillo, decenas de cadáveres mutilados en descomposición, pero prefirió callar y negar la realidad, sin duda temeroso de las represalias de la condesa viuda. Teniendo en cuenta la relación clero/aristocracia en los albores del siglo XVII, no es de extrañar que el párroco echara tierra sobre sus descubrimientos, convirtiéndose en cómplice de aquellos abominables crímenes. La obsesión de Erzebeth Bathory por conservar su belleza, la llevó irremisiblemente al descontrol, multiplicando sus acciones delictivas... Ya no bastaba con degollar o quemar viva a una o dos sirvientas torpes, era necesario multiplicar el número de sacificios humanos para hacer más efectivos sus propósitos. Ordenaba raptar niñas y muchachas hasta en las aldeas más lejanas de sus tierras, metiéndolas en una jaula situada en uno de los torreones, donde eran degolladas. La sangre de aquellas pobres e inocentes victimas caía hasta el piso inferior donde la condesa organizaba su baño ritual. En un solo día hasta cuatro víctimas eran necesarias para borrar de su rostro la sombra de una arruga y la flacidez de su cuerpo. Pero sus fechorías pronto traspasaron los espesos muros del castillo, y llegaron a oídos del rey de Hungría en persona, Mateo II de Austria, quien era además emperador del Sacro Santo Imperio Romano Germánico. El asunto de los crímenes de Csejthe provocó un sonado escándalo en la corte imperial: se calculaba en 620 el número de víctimas cobradas por la Condesa viuda Nadasky, basándose en denuncias y rumores insistentes. El rey-emperador decidió entonces intervenir personalmente y sus emisarios, tras hacer pesquisas en el castillo de la condesa, descubrieron asombrados montones de osamentas, niñas mutiladas aún vivas y varios casos de canibalismo. El informe entregado impresionó tanto al rey-emperador Mateo II, que éste dispuso que se procesara a la condesa en Budapest. Las actas del proceso estuvieron trufadas de relatos y testimonios que helaban la sangre por las atrocidades descritas. La indignación, la rabia, la sed de venganza se apoderó del público, mientras los jueces oían desconcertados a los testigos y a los acusados. El veredicto, como de costumbre, fue más implacable con los sirvientes y acólitos de la condesa, que con ella: debió permanecer hasta su muerte prisionera de su propio castillo, en una habitación cerrada, donde lo único que la comunicaba con el exterior era un orificio por el que le pasaban comida y agua.


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