El 29 de julio de 1933, la compañía de Lola Membrives estrenó Bodas de Sangre de Federico García Lorca en el teatro Maipo de Buenos Aires. La obra ya había sido representada unos meses antes por la compañía de Josefina Díaz en Madrid y en Barcelona, con una acogida bastante tibia por parte del público, no obstante la ovación recibida las noches de estreno.
Como contraste, el éxito obtenido en Buenos Aires se mantuvo durante las veinte primeras funciones en el Maipo y en la gira que la compañía emprendió pasando por Montevideo, Rosario y Córdoba. "Pocas veces los cronistas teatrales porteños han estado tan unánimes en exaltar los méritos de una novedad extranjera", escribía Edmundo Guibourg en Crítica.
Ante estas expresiones tan calurosas del público y de la crítica, Lola Membrives proyecta reponer la obra en octubre, en el teatro Avenida, realzada por la presencia del propio autor.
Federico, que en agosto había culminado una gira teatral con La Barraca por pueblos y ciudades de España, tras descansar unas semanas en Granada, vuelve a Madrid a fin de preparar su viaje a la Argentina, donde ha sido invitado por la Sociedad Amigos del Arte a dar una serie de conferencias, y para asistir a la representación de Bodas de Sangre.
El poeta llega a Buenos Aires en el Conte Grande el 13 de octubre de 1933 y permanece hasta finales de marzo de 1934. Durante su estancia en la Argentina, desarrolla una intensa actividad y, desde el primer momento, se establece «un entusiasmo comunicativo» con un público que lo entiende y lo aclama.
La noche de la reposición de Bodas de Sangre en el Avenida, el autor se dirige al público para agradecerle su fervoroso recibimiento: «En los comienzos de mi vida de autor, yo considero como fuerte espaldarazo esta ayuda atenta de Buenos Aires, que correspondo buscando su perfil más agudo entre sus barcos, sus bandoneones, sus finos caballos tendidos al viento, la música dormida de su castellano suave y los hogares limpios del pueblo donde el tango abre el crepúsculo de sus mejores abanicos de lágrimas».
María Antonieta Hagenaar, Chas de Cruz, Federico García Lorca y Pablo Neruda. Buenos Aires, 1934. Foto: Fundación Federico García Lorca.La mirada sensible y el corazón apasionado del poeta descubren en Buenos Aires a un público que se enciende ante el poder del teatro, como celebración gobernada por el duende cuyo grito dionisíaco se oye desde los antiguos misterios griegos. Y se siente comprendido en su obrar y en su decir creador, no por aquellos que andan tras las fórmulas académicas, sino por quienes se conmueven con las esencias vivas de la palabra, de la música, del gesto dramático.
El éxito de Bodas de Sangre, que supera las cien representaciones, se renueva con el estreno en Buenos Aires de La zapatera prodigiosa y Mariana Pineda. Entre enero y febrero de 1934, García Lorca pasa unos días en Montevideo, donde da una serie de conferencias. Nuevamente en Buenos Aires, dirige a Eva Franco en La dama boba de Lope de Vega, y en marzo asiste al estreno de El Retablillo de don Cristóbal en el teatro Comedia. El aplauso y el reconocimiento de espectadores y crítica conmueven al poeta: «Todo lo que se dé mío llenará de gente el teatro», escribe en una carta a sus padres.
Lorca y Neruda en Buenos Aires.En octubre comienza su ciclo de conferencias en Buenos Aires con la lectura de «Juego y teoría del duende», a la que seguirán «Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre», «Arquitectura del cante jondo» y «Un poeta en Nueva York». En noviembre, García Lorca y Neruda pronuncian una conferencia al alimón en el PEN Club de Buenos Aires, como homenaje a Rubén Darío.
Tanto en las representaciones teatrales como en conferencias y recitales, el autor se convierte en signo de una poética que integra la palabra y el espacio en una fuerza unificadora de las distintas vertientes creadoras: «Creo sinceramente que el teatro no es ni puede ser otra cosa que emoción y poesía, en la palabra, en la acción y en el gesto». Más que un poeta que escribe teatro, García Lorca es un creador, en cuya obra no se pueden disociar la dimensión poética y la dimensión dramática. No sólo hay una compenetración del autor con el público, sino también con los actores.
El mismo Federico monta y dirige en el teatro Avenida un «fin de fiesta» con «sabor artístico» y de "tono popular». Durante los ensayos se muestra infatigable y la compañía, contagiada de su espíritu, le responde con entusiasmo. «Esto es admirable -dice, dirigiéndose a algunos periodistas allí presentes-. Vean ustedes con qué ganas trabajan. Pueden realizar ya una tragedia, ya una farsa, ya una comedia o una comedia musical.»
Federico, que pensaba regresar a España tan pronto como pudiera («Haré mi trabajo y volveré enseguida», había escrito a su familia desde el barco que lo conducía a Buenos Aires), se ha ido quedando y le cuesta arrancar: «Pasan días, pasan noches y un mes y medio, pero... yo permanezco. Y es... que Buenos Aires tiene algo vivo y personal; algo lleno de dramático latido, algo inconfundible y original en medio de sus mil razas que atrae al viajero y lo fascina. Para mí ha sido suave y galán, cachador y lindo, y he de mover por eso un pañuelo oscuro, de donde salga una paloma de misteriosas palabras en el instante de despedida». Aquel mundo ya forma parte definitivamente de su vida y, con el dolor de la despedida, siente por anticipado ese otro dolor de lo perdido, la nostalgia: «Me voy con gran tristeza, tanta, que ya tengo ganas de volver. Ahora pienso en los días de nostalgia que voy a pasar en Madrid recordando el barro fresco, olor de búcaro andaluz, que tienen las orillas del río, y el deslumbramiento de la tremenda llanura donde se anega la ciudad, en una melancólica música de hierbas y balidos».
Y no volvió. Tres años más tarde de aquella despedida, en agosto de 1936, caería con «sangre en la frente y plomo en las entrañas... en Granada, ¡en su Granada!» (A. Machado). Sin embargo, nadie pudo asesinar al duende del poeta que retornaría a Buenos Aires en el mundo de sus criaturas escénicas cuando el 8 de marzo de 1945, Margarita Xirgu estrenara en el teatro Avenida La Casa de Bernarda Alba, que hasta entonces había permanecido inédita.
Según cuenta Antonina Rodrigo en Margarita Xirgu y su teatro, el proyecto inicial del autor y de la actriz había sido estrenar la obra en Buenos Aires y no en Madrid. Margarita partiría hacia Cuba a principios de febrero de 1936, y Federico la acompañaría. Sin embargo, a último momento el poeta anuló su viaje prometiendo reunirse con ella en Méjico unas semanas más tarde, cuando tuviera La casa de Bernarda Alba terminada y lista para su estreno en Buenos Aires. En junio concluyó la obra y realizó algunas lecturas para sus amigos. Los acontecimientos interrumpieron trágicamente todos los proyectos. Pero la obra de arte estaba viva y seguiría su propio camino.
El día del estreno, Margarita Xirgu se dirige al público que brinda un clamoroso aplauso a la obra y a la memoria de su autor: «Él quería que esta obra se estrenara aquí y se ha estrenado, pero él quería estar presente y la fatalidad lo ha impedido. Fatalidad que hace llorar a muchos seres. ¡Maldita sea la guerra!».

Las palabras de Bernarda con que se cierra la obra contienen el grito final del poeta, antes de enmudecer para siempre. La voz de Federico García Lorca, resonando allá, en el aire de otro hemisferio, en la ciudad que lo acogió, en un espacio abierto, convierte al mundo en un inmenso teatro donde perdura la poesía: «Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! ¡A callar he dicho!... ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!».
Y así, en silencio, nos quedamos, para recordar, para reflexionar, con la emoción de la obra de arte eternizada, más allá del tiempo de la historia.


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