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viernes, 1 de junio de 2007

Del personaje REAL a la ficción...

Vlad Dracul, fue una figura histórica que gobernó Rumania por el siglo XV y sentó una marca de crueldad y homicidios. Sospechado de vampiro por sus contemporáneos, inspiró al irlandés Bram Stoker a escribir Drácula, la novela que llevó a la fama a este personaje. El conde Drácula fue popularizado en el cine por Bela Lugosi, Christopher Lee hasta llegar a Gary Oldman, y hoy ha quedado impregnando nuestra mentes como única imagen de vampiro. Así, bajo la carga del romanticismo de Stoker, casi se pierde la figura histórica de Vlad Dracul, el empalador, terror de los turcos y príncipe de Transilvania.
Nació en 1428, sus ancestros se contaban entre los más altos de la aristocracia rumana e incluía a su abuelo Mircea el Grande, aliado del príncipe de Luxemburgo para detener a los invasores turcos.
Su padre también llamado Vlad, nieto de Mircea el grande, fue educado como un noble en la corte de Segismundo de Luxemburgo, donde fue inducido en la Orden del Dragón. Este honor le valió su nombre (dracul, en rumano quiere decir Dragón), su fama( en el dialecto campesino dracul quiere decir demonio) se acrecentó cada vez más en la región como la de el verdadero hijo del diablo. Tras años de luchas intestinas su padre Vlad consolidó su trono y se decidió a tener hijos entre ellos su futuro sucesor. Este se crió entre batallas, pillajes y ejecuciones, mostrando desde niño una morbosa fascinación por las mazmorras de su padre. Al crecer los vientos de la política lo llevaron a servir como oficial del Sultán turco. Finalmente a los 25 años, tomó el trono de su padre, y ahí comenzaron los problemas. Su primera medida fue la de ejecutar a todo el consejo de Boyardos que tradicionalmente moderaba a los príncipes: primero empaló a la sus mujeres y niños, luego los hizo trabajar reconstruyendo una fortaleza y cavando túneles. Según las crónicas, uso su sangre para teñir de rojo el cemento de la torres. Esa crueldad era solo el comienzo. Vlad Dracul desató un reino de terror que transformó Rumania en una tierra sin crímenes, sin insultos, la menor contradicción a la voluntad del príncipe significaba la muerte inmediata. Una delegación de diplomáticos italianos lo aprendió en carne propia cuando cortésmente se negaron a sacarse el sombrero en presencia de Dracul; esto enfureció al príncipe y ordenó se le clavasen los sombreros en el cráneo usando piezas de plata y un gran martillo. Vlad recorría el castillo de noche disfrazado, viendo que hacían todos sus sirvientes; cuentan las crónicas contemporáneas que una noche el príncipe mando llamar a unas de sus sirvientes a su habitación, al día siguiente sobre el lecho de Vlad se encontró el cadáver de la joven completamente desangrado, pero sin el más mínimo rastro de violencia en su cuerpo, la madre de la joven que también pertenecía a los sirvientes del castillo murió dos años después atormentada con la idea que su hija venía todas las noches a su cuarto e imploraba que le diera descanso eterno. Todos estos sucesos llevaron a que sus súbditos aseguraran que verdaderamente Vlad Dracul era el hijo del diablo y que a pesar de haber muerto su maléfico espíritu rondaría por siempre en busca de su alimento, la sangre humana.

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